Acero
Capítulo Uno
Como ya comenté el mes pasado, a partir de este mes, voy a publicar capítulos de Acero. Un cuento largo ambientado en la provincia de Buenos Aires donde van a suceder un sin fin de situaciones. ¡Allá vamos!
El enterrador un día plantó a la muerte
Tapó a un niño en el pozo y lo veló con su suerte
Gabo Ferro - El enterrador y la muerte.
Autovía 2
Un poco dormido, me senté en la parte trasera del Renault 12. El plan era pasar un día o dos en la casa de mis tíos y después ir a visitar algunos amigos en Capital Federal. Mi tío manejaba. Mi tía cebaba mates y estaba monotemática sobre el clima. Salimos por la costa hasta la avenida Constitución para tomar la ruta 2, la forma más directa para llegar a Gran Buenos Aires.
El asfalto estaba mojado por la niebla matutina y el mar, a nuestra derecha, estaba revoltoso. Los edificios se amontonaban y dejaban ver las olas en fragmentos de color azul intenso. Algunas nubes cubrían el cielo y había probabilidad de que lloviera en algún momento del viaje. Las gaviotas revoloteaban en el agua guiadas por el viento. Al fondo, un grupo de chicos con chalecos fosforescentes juntaba basura de la arena con bolsas y palos.
Con mis amigos preferíamos las playas del sur, más allá del Faro. Una tarde, años atrás, encontramos un pañal flotando al lado nuestro en una zambullida en la playa del Unzué. Nos dio tanto asco que salimos del agua y juramos no volver más a esas playas.
A mitad de camino hicimos una parada técnica. Bajamos del coche, estiramos un poco las piernas y, mientras mi tía metía monedas en la máquina de agua caliente ideada para servir la temperatura justa del mate, fui al baño. El hedor era tremendo, como un golpe directo en toda la cara al entrar. Una mezcla de cloacas y lavandina desparramada por encima con la intención de disimular el olor. Tosí dos o tres veces y pensé en irme sin mear, pero la vejiga me dolía. Golpeé la llave de la luz con un poco de asco y noté que el foco estaba roto. Podría mear afuera, pero desde chico me incomodaba hacerlo en la calle. Pateé la puerta del primer habitáculo. El inodoro tenía caca por dentro, por fuera y en el suelo. Empujé la segunda y, más allá del pis estancado en el inodoro, se podía usar. Por un segundo pensé en el lavabo. Lo descarté. Si entraba un empleado, no tenía suficiente carácter para sostener la escena y hacer como que no me importaba nada. Al terminar, me lavé las manos y salí. Mis tíos ya estaban dentro del auto. Comían galletitas agridulces Don Satur y preparaban de nuevo el mate. En la radio sonaba un artista de folklore. Me subí y continuamos el viaje hacia Banfield.
El trayecto lo sabía de memoria. Carteles nuevos mezclados con publicidades desteñidas de los ochenta. La vaca violeta de Milka frente a la estación de servicio, los bancos de madera, los asadores, el humo con olor a carne, el emblemático arcoíris de Atalaya. Parada obligada. Sin embargo, mi tío decidió no frenar. Quería llegar rápido para ver el partido de Racing contra Boca.
Antes de entrar a Capital, tomó un desvío y empezamos a cruzar el conurbano. El paisaje de a poco se volvió pobre. Lleno de fábricas y calles de tierra que atravesaban la avenida. La ausencia de edificios, casas bajas y terrenos baldíos. Algunos utilizados para improvisar canchas de fútbol. La gran mayoría de casas tenía un jardín adelante. Algunas con flores y otras, abandonadas a la rutina del tiempo y la suciedad. Hasta la luz y el cielo parecían distintos, más grises y oxidados.
Perros callejeros corrían y ladraban al coche. Aparecían de golpe, amontonados en las esquinas, a la espera de los autos. Mostraban los dientes y dejaban caer baba, mezcla de rabia y curiosidad, contra un artefacto que conocían, pero no entendían del todo. A medida que avanzábamos, se quedaban atrás y volvían a atacar al siguiente coche en una rutina incansable. Media hora más tarde de recorrer las calles y escuchar las indicaciones de Yolanda, mi tía, que me ponía al día con los chismes del barrio, llegamos a su casa.
Yolanda era petisa, de caderas anchas y tez morena. Muy habladora y criticona, pero de “buen corazón”, según ella. Nunca quería dejarle una mala impresión a nadie: por eso vivía a la defensiva. Era muy común que defendiera a la persona que, minutos antes, ella misma había despedazado. Por otro lado, sus manos eran conocidas en nuestra familia como un milagro culinario.
—Trae los bolsos, papito —me dijo Yolanda al bajar del coche.
—Sí, tía.
—Ahora sale la Mayra pa ayudarte.
A los minutos, apareció Mayra, mi prima. Su pelo era negro, largo y rizado. Tenía los labios pintados de morado oscuro y los ojos delineados de forma dark. Vestía un look de metalera adolescente con algunos detalles emo. Nos saludamos con un abrazo y cruzamos algunas palabras. Mientras entrábamos los bolsos y los dejábamos en el sillón del living, nos poníamos al día. Sobre todo de música. Eso que siempre nos unía.
La obra que ilustra este capítulo: Altarbild nr 1 de la artista abstracta Hilma af Klint
El mes que viene llega el segundo capítulo de Acero.
La historia recién empieza.
¡Nos leemos!

