Acero capítulo II
Una casita conurbana
La casa era pequeña, con manchas de humedad en varias zonas y dividida en estancias con muebles. Había bastante olor a perro. Tommy y Negrito eran muy peludos, juguetones y, además, apestaban. Los habían rescatado de la protectora de animales del barrio y juntos se veían tan disímiles como una pareja de comedia. Tommy tenía manchas negras por el lomo y patas cortas. Negrito, cruza entre Labrador y Border Collie, se veía más raro y alto. Sus camas estaban juntas dentro de la chimenea inservible del comedor. El tiraje estaba mal diseñado, cuando el viento soplaba, el humo no salía y se metía hacia dentro.
Lo descubrieron unos años atrás. Me contaron que Armando, mi tío, prendió el fuego, se puso a mirar un partido mientras tomaba un vinito y se quedó dormido. Al llegar el resto de la familia de pasear por el centro, lo encontraron con los labios morados, el vino roto en la alfombra, a mi tío casi muerto y con la casa llena de humo. Desde ese día, la chimenea se convirtió en la cucha de los perros.
En las paredes del comedor y el recibidor de la entrada colgaban cuadros, adornos y fotos familiares. Algún pariente desconocido que posaba sonriendo en blanco y negro, la familia de Yolanda sumergida en una arboleda sobre un caserón antiguo, impresa en marrón sepia con marco de madera natural. Diego Armando Maradona venciendo al mundo entero y levantando la copa del ‘86. Otra del General Perón junto con Evita. Por último, una enmarcada en vidrio y marco dorado del papa Juan Pablo II.
Los adornos eran un cambalache. Unas estatuas alargadas africanas, al lado de una concha de mar que tenía brazos y piernas simulando tomar el sol en la Costa. Jarrones de imitación precolombina y trofeos de plástico del colegio o de torneos del barrio, mezclados entre animales hechos de tela y algunas calaveras mexicanas.
La cocina no tenía puerta y permanecía separada del comedor por una cortina plástica de colores, similar a las que están en las carnicerías y verdulerías del barrio. Al fondo, había una habitación que se dividía en dos, mediante un biombo. Mi prima dormía de un lado y mis tíos del otro. Como ya no había espacio, me tocaba dormir en un sillón en el comedor. Estaba gastado y roto en el respaldo, pero era cómodo. La otra puerta era el baño, también diminuto. Quizás el cuarto más conservado, limpio y con detalles del hogar. Tenía un cuadro pequeño con una especie de santo que nunca había visto, de ojos grandes y colores saturados, enmarcado y colgado a la derecha del espejo. Intentaba no mirarlo. El inodoro, el lavabo y el bidé se veían como nuevos. Una hilera de azulejos separaba las paredes en dos colores, por debajo, un turquesa muy claro y el de arriba era marrón ladrillo. En la esquina contraria a la entrada estaba la ducha; un calefón que se llenaba de agua, se calentaba enchufando un cable y luego se desenchufaba. Otras tías lo tenían en Misiones y le tenían mucho miedo. Siempre me decían que alguien, en un descuido, un día se iba a morir así. Intenté ducharme lo justo y necesario. Compartía el mismo miedo.
No había mucho que hacer en el barrio y como Capital quedaba lejos, comimos, charlamos un poco, jugamos al truco y a la escoba de quince, y miramos televisión hasta que mis tíos se acostaron a dormir la siesta. Nos pidieron silencio por un rato. Mi intención era salir a pasear por el barrio o ir a bailar a la noche, pero no quería ir solo. Mi prima estaba castigada.
—Desaprobó cinco materias esta pendeja. No sale hasta que apruebe. Si querés ir a pasear, andá, pero sin ella —me dijo mi tío Armando en el almuerzo.
—¿Qué onda?, ¿qué hacemos? —le dije a Mayra.
—No sé. Estoy re aburrida. Mi viejo es alto gil.
—No me quiero ir a caminar solo. No conozco nada y me da un poco de miedo.
—Ojalá pudiera ir con vos. Perdón.
—Y, pero boluda, desaprobar cinco materias es un montón. ¿No estudiaste nunca?
—La culpa la tiene mi novio, el Kevin.
Su cara se iluminó y se le tiñeron las mejillas de rosa.
—¿Por?
—Es que me distrae mucho. Los padres de él están todo el día trabajando. Como estamos solos, no paramos de coger. Es una máquina, lo amo.
—Bien ahí —no dije más. Hablar de sexo con ella me daba un poco de vergüenza.
—Hoy lo iba a ver, sabés. Quedamos en ir a ver juntos a Carajo, tocan en Monte Grande, pero mis viejos no me dejan. Me quiero matar.
—No conozco Monte Grande. ¿Y si les digo que quiero ir al recital?
Se le iluminó el rostro.
La banda no me emocionaba mucho, pero ir a un concierto me ayudaba a salir de esa casa. Respirar un poco de humo viciado de porro, hacer pogo lleno de sudor y tomar unas cervezas.
—¿Harías eso por mí?
—Dale, sin problemas, prima. Cuando se despierten, intento convencerlos. —Con una sonrisa le agregué, a modo de apuesta: —si aceptan, me debés mínimo una cerveza.
—Qué grande sos, primo. Obvio te invito mil birras si dicen que sí. Al lado del recital hay un chino para comprar.
La obra que ilustra este capítulo: S/N de la artista abstracta Joan Mitchell
El mes que viene llega el tercer capítulo de Acero con más música y problemas!
¡Nos leemos!

