Capítulo V
Filoso como el acero
Llegamos a la puerta de Acero y entramos. Sonaban los acordes monótonos de The Beautiful People de Marilyn Manson. El lugar estaba en penumbras y el humo complicaba aún más la visión. Había sectores ambientados con luces negras y adornos de metal colgados en el techo junto con pintura que brillaba. La música sonaba bastante fuerte, tanto que, para hablar, había que gritar dentro del tímpano del otro. Olía como a chicle tutifruti, a pesar de que en algunas zonas, el suelo se sentía húmedo y pegajoso por la cerveza derramada. La barra, situada al final de la pista, estaba iluminada con luces rojas y adornada con calaveras.
Un cartel metálico en el centro, suspendido mediante cadenas sobre las cabezas de los camareros, decía ACERO BAR. Los baños estaban arriba, donde también estaba el VIP. Dimos varias vueltas y encontramos a Patricio y sus amigos. Sonaba Walk de Pantera. Patricio no quiso saludarme, me hizo un gesto. Se llevó a Mayra aparte. Sus amigos charlaban conmigo y me preguntaban cosas aleatorias sobre Mar del Plata.
Por los gestos, Mayra y Patricio parecían discutir. Ella intentaba calmarlo con besos y él la apartaba. Más de una vez me había señalado. Siguieron un poco más con la discusión hasta que mi prima se acercó, me llevó aparte y, mientras sonaba La Fiesta en el Infierno de Los Brujos, me dijo:
—Te tenés que ir..
—¿Adónde?, ¿por qué?
—Pato, dice que si no te vas, te va a cagar a trompadas.
—¿Qué? Si no le hice nada, ni lo conozco.
—Se imagina que tardamos porque estuvimos besándonos después del recital, como sos de Mar del Plata y yo siempre digo que hay chicos lindos allá, se puso celoso. Qué sé yo, está re flasheando.
—Soy tu primo, ¿Qué mierda dice?
—Es re celoso.
—No. No es celoso, ¡es un pelotudo!
—¡Para! Es celoso, pero no es malo.
—¿Encima te enojás? y yo, ¿cómo carajo me vuelvo? No tengo ni puta idea.
—A casa no podés volver. Si se enteran mis viejos, me van a matar. —Pensó un instante y encontró la solución —Quedate acá en frente o en el ciber de la esquina. La estación de trenes abre a las seis de la mañana y acá cortan la música a las siete. Nos encontramos ahí directamente.
—Esto no tiene sentido. ¿No podés explicarle que soy tu primo y no pasó nada?
Los amigos de Patricio, me habían rodeado. Uno se me acercó y me dijo al oído:
—Raja loco o te cagamos a piñas.
Mayra, al mismo tiempo que me empujaban a la puerta, me gritaba:
—Nos vemos a las siete en la estación.
Antes de salir, la garganta de Kurt Cobain gritaba Gotta find a way, find a way when I’m there.
Meadas territoriales.
Afuera hacía frío. La calle estaba poco iluminada y cada tantos metros me topaba con grupos de chicos que tomaban cerveza, vino y fumaban porros. Caminé hasta el ciber. El local estaba abierto. Le pedí una computadora al empleado. Abrí el Internet Explorer. Navegué un rato por algunos Fotologs de gente conocida y de bandas que me gustaban. Después, busqué una foto en Google para publicar en mi muro y la acompañé con una letra de una canción que sentía que describía la noche extraña en una ciudad a la que parecía no gustarle que estuviera ahí.
Abrí el Messenger. Un viernes por la noche era complicado encontrar amigos conectados, casi todos salían a bailar o se juntaban a hacer la previa en una casa. Esperé varios minutos con la vista en la nada. En definitiva estaba más cómodo ahí que en la calle. De repente se conectó Miguel, uno de mis amigos de Capital.
Miguel siempre se vestía con pantalones vintage, musculosa de bandas punk. Completaba su atuendo con anteojos de sol redondos, parches y pins, y un pañuelo en el cuello, en la muñeca o en el bolsillo trasero del pantalón, dependiendo del clima. Si bien no era muy cercano, era buena persona y nos llevábamos bien. Nos conocimos en las playas de Mar del Plata. Luego de compartir algunos recitales de verano juntos, seguimos hablando a la distancia. Su casa era donde me iba a quedar a dormir al llegar a Capital Federal.
Le conté toda la situación en un solo mensaje extenso y verborrágico.
—Qué cagada, man. (emoticón de caca) —me respondió.
—No es normal, ¿no? O sea, estoy un poco desencajado. Me parece que este Patricio está en cualquiera.
—Mañana te venís para acá y te olvidás.
—¡Sí, tengo unas ganas bárbaras! (emoticón de cara feliz).
—¿Ahora qué vas a hacer, te vas a quedar en el ciber toda la noche?
—Sí. Tengo plata como para estar hasta que abra la estación de tren.
Me pidió que esperara porque su novia tocaba el timbre. Aún no la conocía, solo sabía de ella por lo que me había contado Miguel. Además, me había prometido presentarme a una amiga de ella y salir los cuatro.
—¡Ya vuelvo! —escribió.
Observé las paredes y me quedé mirando una mancha de humedad. Intenté formar una imagen con ella, unir puntos entre los segmentos más marcados, pero no pude ver nada. Desvié la vista y leí las normas del ciber: Está prohibido comer sobre la computadora. Tomar bebidas sobre el teclado. No está permitido el acceso a páginas para adultos. Al final, con una lista explicaba cómo enviar los archivos que uno quería imprimir. El empleado me sacó de mis pensamientos y me dijo de forma seca: —Flaco, cierro en cinco minutos.
De nuevo a la calle fría.
Nos leemos el mes que viene para el capítulo VI y conocer nuevos personajes.
La obra de la portada es BossaNova de la artista abstracta argentina Sarah Grilo.

