Doble mecha
Un relato navideño.
El año pasado, para cerrar el año, escribí un cuento de Navidad.
Para sostener la tradición, este año decidí repetir, aun cuando mi relación con la festividad religiosa siempre fue un poco problemática.
Aunque este mes ya publiqué un texto, Doble mecha llega como un regalo: un retrato nostálgico del barrio argentino, donde dios va con minúscula, aunque sea un error.
Mi primo insiste. Cuando se pone así, es imposible sacarle la idea de la cabeza. Está harto de jugar con los chasqui boom y los triangulitos. Explotan, pero no producen el impacto que necesitamos. Quiere ruido, romper cosas, sentirlo. Además ya somos regrandes. Nos piden que cortemos el pasto o vayamos a comprar al loco de la avenida (se llama Ernesto, aunque mi mamá le dice así). También nos tendrían que dejar explotar un Doble mecha. Mi mamá y mi tía dicen que eso es para los más grandes. Es peligroso.
Mi tío Marcelo, el más joven de mis tres tíos, compró una docena de Doble mecha para hoy a la noche; le robamos uno, pero no enciende. No sabemos qué pasa. La mecha más corta nos da pánico y la más larga no funciona. Mi primo dice que está fallado y yo le pregunto si él es tonto o qué le pasa, y él me contesta: más tonto serás vos. Estamos en un terreno baldío, al lado de la casa de mis tíos.
Por la calle pasan los vecinos con dos cajas de cerveza en cada mano. Los tatuajes parecen deformados en esos brazos hinchados por hacer tanta fuerza. Uno nos saluda con la cabeza. No se manden ninguna cagada nos pide. Le faltan casi todos los dientes. Mi mamá dice que es por la droga, pero mi tía no está de acuerdo: la mamá de ellos es muy trabajadora. ¿Y eso qué tendrá que ver? le dice mi mamá y por un ratito, no se hablan.
La vecina Raquel pone cumbia a todo volumen y no son ni las siete de la tarde. En esa casa la Navidad arranca temprano y para las ocho de la noche ya están todos borrachos. El Walter, mi vecino de la medianera, se brota enseguida, putea, y en menos de cinco minutos va a sonar Airon Maiden, Metallica o Hermética desde su casa. El problema es para los que nos llega una ensalada musical. Mi tío Marcelo va a poner los Redonditos, Los Rodríguez, al Car Cobein y clásicos y le ruega a dios y a la virgen que la vecina consiga trabajo así no está todo el día con la radio a todo volumen. En todas las Navidades, luego de las doce, él y mi mamá bailan rock y tiran unos pasos increíbles.
Los varones se juntan mientras hacen el asado. Abren cervezas y vinos y le echan soda. Nos acercamos, pero nos echan, están hablando cosas de “hombres”. Hablan sobre Fórmula Uno, la nueva novia del flaco Guzmán de la esquina que está rebuena, aunque tiene pinta de trola, según mi tío José, la devaluación, de cómo van a hacer para poder pagar las cuotas y sobre la derecha de un jugador de fútbol que adoran.
Mi abuela, la vecina Doña Faustina, mi mamá y sus hermanas preparan ensaladas, postres y la mesa larga improvisada con bancos y los tablones de la construcción donde trabaja mi papá. Una gran cena familiar. No nos conviene acercarnos, pueden ponernos a ayudar. Preferimos volver a intentar explotar el petardo.
Nos escondemos dentro del pozo ciego en la casa del vecino. Se puede bajar con una escalerita improvisada por los albañiles. A uno le dicen Lauchin, es negro como el carbón y tiene una nariz muy finita y unos bigotes gruesos y negros que le hacen como cara de rata, a mí me parece muy divertida su cara y además siempre está de buen humor y es bueno con nosotros. En el barrio no hay cloacas. Cada casa tiene un pozo ciego. Y por eso, dos por tres, viene un camión con una manguera muy larga y los vacía. ¡Qué olor esos días!
Otra vez la mecha no funciona. Mi primo vuelve a cortar un pedacito de la mecha más larga y ahora quedaron las dos del mismo tamaño. Ya nos da miedo intentarlo de nuevo. Decidimos dejarlo en la caja con los demás petardos sin llamar la atención y contentarnos con escuchar a los más grandes cuando los tiren a la noche.
Salimos del pozo y vemos a mi hermana y a mis primitos más chiquitos, correr y taparse la cabeza con unos repasadores mojados. En la mano tienen una virulana prendida fuego y la sacuden tan fuerte que el efecto parece una estrellita de esas que venden en el centro. Mi tío José dice que como son muy caras y no hay plata, que jueguen con la virulana. Mi tía se queja de que ahora no va a tener para fregar las ollas. Nosotros nos reímos mientras mi hermana grita, las chispas le queman las manos y algunos pelos. Entonces toda la familia se ríe, hasta la abuela Juana que está tirada en el sillón, con la botella de vino casi vacía.
Mi mamá nos llama y cenamos todos juntos. Alguien intenta bendecir la mesa. Es imposible, con sólo recordar lo que le pasó a la familia Gonzáles con los milicos luego de que la doña visitara al cura, no se habla más de dios ni se va a misa, dice la abuela y todos se quedan callados.
Después el aire se renueva. Las charlas van y vienen como el viento moviendo los árboles del patio. Risas, chistes y chismes reinan en la mesa, donde primero comemos ensaladas, luego carne y pollo con cosas dentro y más tarde los postres, los turrones y la sidra marca “Real”. A mi papá y mi tío Marcelo les gusta abrirlas agitándolas para ver cuál llega más alto. Una vez, en otra casa, mi papá la agitó tanto que al salir el tapón rompió parte del cielorraso y mi mamá le decía: que tipo boludo eh, bo-lu-do. Pero nosotros nos reíamos.
Cuando empiezan a tirar los primeros petardos fuertes, el perro se me mete entre las piernas y tiembla. Mi abuela con un palo, les pega dos gritos y los lleva hasta el baño donde lo encierra. El gato de mi tía duerme en el cuarto del fondo. Dos por tres, nos mandan a ver cómo está, le habían dado un medicamento y estaba como atontado y dormía.
Es Navidad. Brindamos, nosotros con jugo y Coca-Cola. Nos dan los regalos y los grandes empiezan a sacar la artillería. El vecino del tanque de agua compró un montón de cañitas voladoras que están buenísimas y queremos verlas en acción. Mi tía ataja a mi tío que lleva un revólver en la mano. No tirés más tiros al aire, que en las noticias decían que podrías matar a alguien, le pide. Él insiste que lo deje y si mata al pelotudo del tanque, ese soberbio, igual se deja de joder con refregar la plata que tiene. Ese milico de mierda, le dice y ella le sacude la mano y le repite: no. Está medio borracho, pero le hace caso. Agarra la caja de petardos y sale al patio.
Corremos detrás de él. José tira una metralleta y gritamos de alegría. Mi tío, el del revólver, enciende un doble mecha con un cigarrillo Marlboro. Lo hace con la mecha más larga y tira primero el brazo hacia atrás para darle más impulso, espera unos segundos y luego lo tira para adelante. Al caer explota súper fuerte. ¡Cómo suena esa porquería! Mi tío se ríe con hipo. Lo repite dos o tres veces hasta que nos damos cuenta, tiene en la mano el petardo que no habíamos podido encender durante toda la tarde. Lo enciende, pero al tirar el brazo hacia atrás, como las mechas eran cortas, el cohete le explota en la mano y de un dedo chorrea sangre. Gritos y corridas a la cocina a buscar un trapo con alcohol. José llama a la ambulancia y mi mamá se agarra la cabeza.
Nosotros nos sentimos culpables y nos quedamos callados. Inmóviles y tragando saliva. En eso viene mi tío Marcelo y nos dice: no pasa nada y nos regala un juego nuevo para el Family Game como para distraernos. Corremos a mi casa a probarlo. Mientras mi tío es socorrido por algunos vecinos que le piden no moverse mucho para no perder sangre, el vecino del tanque lo mira desde la vereda contraria y se sonríe con una cañita voladora en la mano y el cigarrillo y los lentes Ray-Ban en la otra.


Dos cuentos con chasquibums en la misma semana. Apruebo.